MIL VIDAS: UNA HISTORIA EN COMÚN (EN PATIM)

Jul 28, 2025 | Noticias 2025

La experiencia fue más bien amarga: náuseas, la sensación de haber cometido un error, ese malestar físico que te dice que algo no cuadra, que has cruzado una línea que ni siquiera entiendes del todo. Sin embargo, unos días después, lo volvió a hacer. Y no porque sintiera una necesidad irrefrenable, ni porque lo disfrutara realmente, sino porque el entorno –esa fuerza invisible que a veces nos arrastra- pesó más que su voluntad. “Me daban miedo y respeto” recuerda, como si reconociera que ese temor no era solo a las consecuencias, sino a no encajar, a ser el que se queda fuera.


A los 21 años, probó la cocaína por primera vez, en una fiesta. Ahora tiene 26 y antes de llegar a Patim lo intentó en otra comunidad terapéutica, pero abandonó a los cinco días. Su paso por Los Granados está siendo diferente. Tras casi dos meses en el centro, se sorprende de su propia capacidad de adaptación. “Pensaba que lo pasaría mal, pero estoy cada día mejor”, admite. Tiene una actitud positiva hacia el tratamiento, aunque no oculta un cierto desasosiego ante una recaída. Quizás esa incómoda inquietud revela algo importante: una consciencia del riesgo y una percepción realista de lo que implica este proceso.


Nació en Barcelona y vive con sus padres. Aunque se formó como auxiliar de clínica, trabaja como operario en una fábrica. Su primer contacto con las sustancias psicoactivas fue a los 16 años, rodeado de amigos. Asegura que fue moderado con el alcohol, que no hubo problemas, pero también reconoce que esa visión es común, incluso entre aquellos con un consumo de riesgo. El alcohol, siempre parece más inofensivo de lo que es. 


Es el paciente número 1000 de la comunidad terapéutica Los Granados, un número que suena casi impersonal, pero que encierra detrás una historia compartida. Junto a él, reflexionamos sobre las adicciones y también las decisiones y caminos que tomamos hasta encontrarnos a nosotros mismos.

¿Qué percepción tenías de las sustancias antes de empezar a consumir?


Me daban miedo y respeto, excepto el alcohol. Mis padres siempre me enseñaron que me mantuviera alejado de ellas.


En tu entorno cercano ¿qué opinión tienen sobre el consumo?


Que es normal, está bien visto consumir cuando vas de fiesta y mal visto no hacerlo.



¿Qué drogas consideras más peligrosas?


Alcohol, heroína, base (‘crack’) y por último la cocaína


Si miras atrás ¿qué factores consideras que han influido en tu consumo?


La falta de amigos de verdad, me hacían ‘bullying’ en el colegio y no tenía amigos de verdad, mi familia me decía que los evitara, que me alejara de ellos, pero estaban siempre detrás de mí. Un día tuve que pelearme con uno de los que abusaban de mí, entonces todo cambio, dejaron de reírse de mí, querían ser mis amigos y empecé a juntarme con ellos. Creo que el único amigo de verdad que he tenido es mi padre.


Adaptarse a entornos terapéuticos estructurados es un reto complicado y resulta habitual que surja rechazo frente al cambio ¿Has intentado dejar de consumir o jugar por tu cuenta?


Si, con el juego lo conseguí, pero con la cocaína no, cada vez que dejaba de consumir uno días empezaban los ataques de ansiedad, taquicardias y desesperación por consumir.

¿Qué pretendes conseguir con este tratamiento?


Dejar las sustancias por lo menos durante un tiempo, creo que puedo recaer en el futuro y eso me da miedo.

Y en este proceso ¿cuáles pueden ser las claves de tu recuperación?


Seguir el tratamiento y recuperar la confianza conmigo mismo y mi familia. Estoy contento, pensaba que lo pasaría mal, pero estoy cada día mejor y con más ganas. Pienso en mi familia y el esfuerzo que están haciendo.

Imagina una vida sin las sustancias que te han acompañado hasta este momento ¿cómo te sientes con esta expectativa? ¿te parece una posibilidad real?


Lo veo difícil, creo que alguna recaída tendré y eso me da miedo. Tengo que trabajar estas sensaciones.

Hoy en día, muchas personas, especialmente jóvenes, enfrentan el riesgo del consumo de drogas por diferentes razones: presión social, problemas familiares o falta de oportunidades. Si dependiera de ti, ¿qué harías para evitar que más personas se vean atrapadas en esta espiral?


Cambiar los hábitos de ocio de la gente. Yo empecé en el juego en los salones, quedaba con mis amigos allí para merendar, tomar algo o pasar la tarde y acaba jugando. Creo que la gente se siente muy sola también, a veces es difícil encontrar amigos y compañías que no tengan algún problema con las sustancias.

¿Crees que las adicciones preocupan a la sociedad actual? 


Cuando te toca de cerca sí. La sociedad no considera el consumo como un problema, la mayoría de las personas consumen alcohol o cocaína de forma habitual, de fiesta o incluso en el trabajo, de repente te enganchas y entonces es cuando te das cuenta de lo peligroso que puede ser.

Desde tu experiencia ¿qué le dirías a la gente de tu edad que tienen dudas o están iniciando un tratamiento?


Que hagan caso a los profesionales y que empiecen lo antes posible. Que tengan confianza. No hay que ponerse a la defensiva, no son el enemigo sino un punto de apoyo que nos puede ayudar y mucho.

“NADA CAMBIA SI NADA CAMBIAS”

Uno tiende a pensar que, después de veinte años de funcionamiento, las cosas deberían haber cambiado, mejorado o al menos tomado un giro distinto, pero lo cierto es que la comunidad terapéutica Los Granados, pese a los avances y las promesas de progresos, sigue siendo un espejo de las contradicciones de una sociedad que no sabe del todo cómo lidiar con las adicciones. Es curioso cómo las certezas parecen diluirse al mirar los casos que llegan a este centro, y cómo uno se siente casi incapaz de decir si hemos avanzado o, en realidad, si seguimos dando vueltas sobre lo mismo.

La ciencia, sin embargo, se ha puesto de acuerdo, por lo menos en lo básico: la adicción no es solo un problema de voluntad, ni una cuestión moral, ni un simple desliz o un descuido. Es, nos dicen, una enfermedad física y psicoemocional, una dependencia, un trastorno del comportamiento que puede manifestarse de diferentes formas. Y lo hemos asumido e integrado al discurso social y clínico. Todo eso suena bien, pero la verdad es que la realidad de los pacientes no se ajusta exactamente a esas definiciones. Quizá el avance está ahí, en las palabras, en la teoría. Pero no siempre en la práctica.

A lo largo de estos años –también en el antiguo centro de día y la UDR- hemos visto cómo los perfiles se han ido complicando. Lo que antes se podía tratar con un enfoque determinado, ahora es una amalgama de problemas: las patologías duales que se entrelazan con adicciones a múltiples sustancias, personas cuya salud mental parece desbordarse bajo el peso de la dependencia. Y en medio de todo esto, los que ya no son jóvenes, los que sobrepasan los cincuenta, como si la adicción no tuviera límites en cuanto a edad, como si fuera una condena que no entiende de años ni de tiempo. Un tercio de los pacientes, mayores de 50, invita a pensar en cómo hemos llegado hasta aquí.

Lo más desconcertante, en todo caso, es la normalización del policonsumo. Ya no basta con la cocaína. Ya no basta con el alcohol. Los pacientes, en muchos casos, se entregan a combinaciones que antes parecían excepcionales; incorporan nuevas sustancias asociadas, esas que no sabemos ni pronunciar, sin llegar a comprender del todo lo que ocurre cuando las incorporan, en algunos casos vinculadas a prácticas sexuales. No se dan cuenta, ni al llegar a la comunidad terapéutica, de lo que esas sustancias ya han provocado en sus vidas y en sus relaciones.

Y, por si todo esto fuera poco, el entorno también ha cambiado. El juego patológico, esa adicción silenciosa que siempre estuvo allí, ahora parece haber encontrado su forma más eficiente de expandirse en el mundo digital. Los jóvenes, los nativos de las pantallas, se sumergen sin darse cuenta de lo que están perdiendo. Y mientras tanto, los establecimientos de hostelería se adaptan, rediseñando su maquinaria para atraer a la ‘vieja clientela presencial’. Y los microcréditos, esos pequeños préstamos que se anuncian como una salvación rápida, no hacen más que condenar a los más vulnerables, obligándolos a acumular deudas que parecen infinitas, de las cuales no se sabe si hay salida alguna.

Lo que más me inquieta, sin embargo, es la edad de inicio del consumo. Trece, catorce años. El umbral se ha ido desmoronando y lo que antes era impensable se ha vuelto la norma. Tan jóvenes se enfrentan a la banalización de las sustancias. Ya no hay distinción entre lo legal y lo ilegal, entre lo permitido y lo prohibido. Y esa trivialización es quizás la mayor de las amenazas. Porque los efectos, el daño real, no se ve. O no se quiere ver.

Y entonces uno se pregunta, si realmente hemos cambiado algo. O si simplemente hemos aceptado un discurso que suena bien, que da la impresión de que hemos comprendido el fenómeno, pero que en realidad no ha hecho más que enmascarar las verdaderas dificultades.

Mil pacientes y veinte años después ¿estamos realmente dispuestos a cambiar algo en nuestra sociedad antes de que sea demasiado tarde? Quizás lo evidente se admite sin demostración: “nada cambia si nada cambias”.

Patim

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